de soñar,
dejé la vida a un lado,
aparqué mi alma bajo un sauce,
y lloré con él.
Acabé con la sequía de mi tristeza,
exterioricé como un volcán dormido,
y me enterré bajo las cenizas
de mi propia pena.
Por mucho que lo intentaba,
no era capaz de ver el sol.
Desgarré mis manos escarbando
en la superficie de mi piel
y cejé en mi empeño.
Me dejé caer,
hundirme
en el campo de amapolas,
podridas todas,
del centro de mi ser.
Y dejé, precisamente, de ser.